Nervio, ansia, calor, sensaciones encontradas, quietud... No supe que hacer... Y aquellos ojos se fueron... Y mientras recuperaba mi envoltorio de seguridad rezaba por volver a sentir aquella aplastante e intolerable sensación de mortalidad, de entrega... Y tuve premio...
Aquellos ojos surgieron de la noche otra vez, adornados por unos labios carnosos, una tez dorada y un aura omnisciente que iluminaba la habitación cual Saiyan. Y esta vez hablé... Y de los ojos salió una sonrisa preciosa y de su boca una mirada iracunda, reclamando pasión...
Días más tarde descubrí un ser divino. Frágil pero con carácter, perfecto pero con sutilezas, joven pero formado, maduro pero soñador... Dos Tses, quizás tres fueron suficientes para que abjurase de todo lo que era y perdiese la cabeza. Y unos decoltés calzaron sus pies y una copa de café adornó su mano durante un tiempo que siempre me parecerá eterno...
El tiempo ha pasado... Años ya... Y sigo buscando esos ojos en la oscuridad de mi vida, sin darme cuenta de que se fueron para no volver, porque los dioses no viven en La Tierra, sino sólo en nuestro corazón.